Hace mucho tiempo tenía un perro que se llamaba “Canela”. Yo siempre lo cuidaba, le daba de comer, lo lavaba, … Era muy especial porque su pelaje era tan suave y hermoso que lo podías comparar con una tela de seda. Cuidé a “Canela” desde que lo acogí. Vivió conmigo cinco años; era muy travieso porque se comía la ropa y mordía los zapatos.
Después compré unos pájaros, pero me mudé y tuve que regalarlos. Finalmente, me hice de unos peces y todavía los tengo en su pecera.
Dinora Reyes
Yo tenía un pajarito y le echaba de comer y agua. Cantaba y nos despertaba mucho.
Ascensión Ramírez.
Recuerdos
Hace un par de días salí a andar para despejarme un poco y tomar el aire, ... pero ese aire no era el que yo buscaba. Entonces, me aparté de la acera y me metí por los caminos, adentrándome en el campo. ¡Ese aire sí que era puro!
A medida que iba andando, empecé a recordar los años de mi niñez. En aquellos tiempos, yo tenía un vecino que poseía varias fincas en el campo: una llamada “La Era” y otra “La Paralela”; y en el verano se llevaba a toda la familia, incluido yo y una hermana mía. Allí pasábamos el verano. Tenía hecho una nave donde dormíamos en los colchones de paja tirados en el suelo, con un sombrajo de caña delante de la nave. Disfrutábamos de toda la belleza y tranquilidad del campo: el olor a tomillo, romero y jara; los árboles frutales, viña y olivos, huerta de naranjos y un mato donde sembrábamos toda clase de hortalizas y frutas, como tomate, pepino, melón, sandía, etc.
Eso era una pasada y una alegría inmensa. Salíamos a cazar pájaros con las costillas y encieras y nos bañábamos en el arroyo que pasaba por la finca, de agua pura y cristalina.
También poseía caballos, burros y carros, donde nos montábamos a diario. En la era se trillaba; nos subíamos en el trillo y disfrutábamos de lo lindo.
Estos recuerdos se terminaron cuando llegué de nuevo a la acera y me encontré con el montón de casas atiborradas, construidas en tan poco tiempo que, además, no están todas ocupadas para mayor "inri".
A renglón seguido pensé: "No es todo malo". He regresado al colegio de nuevo después de sesenta años, donde pondré todo mi empeño para aprender cosas nuevas y diferentes.
Baldomero Librero
El invierno
Como todos los días, un joven de 30 años se despertaba de un sueño reparador entre cartones. Así lo venía haciendo desde hacia unos meses en la puerta del ambulatorio del pequeño pueblo donde al cerrar las puertas dejaba un hueco magnífico para resguardarse de la humedad nocturna.
Dos años atrás Virgilio tenía unos padres, una casa y una vida más o menos cómoda, pero sólo aparentemente. En su casa las palizas eran constantes, los gritos….la opresión.
Un buen día, de madrugada, Virgilio decidió ser libre. En una mochila puso lo necesario para sobrevivir y se puso en marcha. Con su mochila a cuestas, se dedicó a andar y andar por los caminos. No sabía muy bien lo que iba buscando, pero a cada paso que daba, se sentía mejor. Por cada pueblo que pasaba iba ayudando a personas que él veía que le podían necesitar y a cambio le daban comida y techo por un día.
Fue aprendiendo paso a paso, que la vida está llena de personas necesitadas de amor, al igual que él, y aprendía que el amor no se enseña a golpes sino con el corazón.
Un buen día llegó a un pueblecito perdido y encontró a una joven muy triste. Los ojos de esa chica estaban apagados, sin brillo, se acercó a ella y sin mediar palabra la abrazó con mucha dulzura, ella se echó a llorar desconsoladamente. Tenía dificultades para andar debido a un accidente reciente y no podía subir las escaleras del ambulatorio donde tenía que hacer la rehabilitación. Se sentía con falta de libertad para moverse, su vida había dado un giro de 180 grados y no aceptaba esa nueva situación.
Con mucho mimo y cuidado, Virgilio la ayudó a subir hasta el último peldaño, le prometió que todos los días estaría esperándola para ayudarla. Y así día tras día, Virgilio estaba esperándola para animarla y prestar la ayuda que ella necesitaba.
Virgilio decidió dormir en la puerta del ambulatorio y así estar listo a primera hora cuando llegara su amiga.
Pasaron los meses y el frío llegó, las noches entre cartones eran muy gélidas. Un día al despertar se encontró tapado con un mullido edredón, al día siguiente cuando fue a ayudar a su amiga, el director médico del ambulatorio lo llamó y le dijo que había llegado a sus oídos la labor humanitaria que él estaba haciendo y le ofrecía la posibilidad de un trabajo que por supuesto Virgilio aceptó.
Una semana después los vecinos del pueblecito se habían reunido y entre todos habían arreglado una casa pequeña, pero muy acogedora, para regalársela a Virgilio y poder así ofrecer un techo para resguardarse de las heladas noches del invierno que ya apuntaba maneras.
Mientras tanto, la amistad entre los dos jóvenes se iba haciendo cada vez más profunda. Amanda, que así se llamaba, empezó a sonreír, cada vez su movilidad era más intensa. Virgilio le contaba historias de su devenir por los caminos, de personas que había ido encontrando en peores situaciones que ella y cómo poco a poco iban mejorando. Amanda volvió a tener fe en la vida y a creer que todo se puede solucionar, si crees en ello.
Los jóvenes terminaron enamorándose desde la admiración, el respeto mutuo y al cabo del tiempo se casaron y formaron un hogar, su hogar, el que siempre anheló Virgilio, un hogar lleno de amor que no duele ni hace daño, un hogar donde te sientes querido, amado y respetado, un hogar que fue creando Virgilio a cada paso que fue caminando por la vida y ahora ya tenía la respuesta que buscaba cuando se echó la mochila a cuestas dos años atrás....
Iba en busca de un cálido hogar
Maribel Riego Romero